El manejo del tiempo en El otoño del patriarca

Gabriel García Márquez (1927- 2014), ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, escribió y publicó El Otoño del patriarca en 1975, ocho años después de la publicación de Cien años de Soledad, su obra más conocida. Está compuesta por seis largos párrafos con escasa puntuación, y es una novela de dictador escrita dentro del realismo mágico, en la cual el personaje del dictador no corresponde a una figura histórica (si bien es posible identificar rasgos de diferentes caudillos americanos (Martínez, M. 2016): Porfirio Díaz, Duvalier, Juan Vicente Gómez, Trujillo) y hay una constante interferencia entre los planos real y mágico, que conviven y terminan integrándose.

El patriarca es un dictador longevo, en apariencia inmortal, como los patriarcas del Antiguo Testamento, inmerso en un tiempo cíclico, de lo cual da razón el autor con la referencia al otoño: Las estaciones siempre vuelven, más o menos de la misma manera y por la misma época.

Hay en esta novela una lectura esclarecida de lo que ha sido la historia de América Latina: El despojo recurrente por parte de potencias extranjeras (se lo han llevado todo, también el mar), las dictaduras con visos de eternidad que parecen jamás terminar y que, cuando terminan, son remplazadas por otras análogas. Un territorio al que parece llegar el progreso, en donde en apariencia suceden cosas, pero en el cual, al cabo del tiempo, solo sucede lo mismo que ya había pasado antes pero que nadie recuerda y, por esa razón, por la ausencia de memoria, todo se repite, profundizándose y degradándose una y otra vez, de manera sucesiva y por toda la eternidad.

Para dar razón de esta realidad, García Márquez opta por utilizar una compleja estructura narrativa, espacial, pero, sobre todo, temporal en la obra. Dice Ángel Rama que hay dos tiempos dispares en la novela que tanto se expresan en la historia que se cuenta como en los recursos de la narración: uno, el que autoriza el avance cronológico, trabado por el otro, de tipo cerrado y cíclico, destinado a figurar la obra como una incesante repetición en que se traduce la percepción ingenua y popular de la dictadura (Rama, A. 1981, 440). Las anacronías están presentes a lo largo de El otoño del patriarca y, en lo referente a la constitución del espacio de la narración, el tiempo permea el espacio y lo configura constituyendo por lo menos tres cronotopos principales: el palacio presidencial, la ciudad tropical y el cuerpo del patriarca.

El primer capítulo comienza con una analepsis: narra cómo, durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial y “removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior”, luego, llega al punto cero de la narración, que tiene lugar en la madrugada del lunes, cuando “la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza” y el pueblo se atreve a entrar en el palacio. A partir de ese punto un narrador colectivo, en primera persona del plural, da razón de lo que encontró en el interior y, en la descripción de lo que hay en el palacio, “los elementos del tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo” (Bajtin, 1989: 238), esto da lugar a la configuración de un primer cronotopo: El pueblo penetra no solo en el espacio del palacio, sino “en el ámbito de otra época”, con un silencio “más antiguo”, una “luz decrépita”. Se supone que en el fin de semana murió el patriarca y que en la madrugada del lunes el pueblo se percata del fin del régimen, pero en el momento del ingreso, el palacio habla de una caída, de una ruina que comenzó desde hace mucho más tiempo.

Todavía hay restos del almuerzo del domingo, sí, pero, por ejemplo, “las baldosas habían cedido a la presión de la maleza” (y eso no sucede en un fin de semana). Las descripciones de lo que encuentra el pueblo se presentan en esta primera parte antecedidas por la expresión anafórica vimos (que se repite 22 veces en el primer capítulo), lo cual crea el efecto de una secuencia de observación, de un recorrido espacial que da cuenta de la historia de la vida de la nación en un espacio. La descripción de la antigua caballeriza de los virreyes convertida en cochera da cuenta del paso del tiempo: Entre camelias y mariposas están “la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera”. También lo hace el recorrido por el patio, por la galería, por la casa civil y la vista que desde la casa se tiene del territorio, de la ciudad y del lugar donde antes estuvo el mar.

La humanidad parece haber sido desterrada de todos los lugares y de todas las cosas y su espacio ha sido ocupado por el mundo natural: los gallinazos, la maleza, las camelias y las mariposas, las telarañas y las vacas.

Después de ocho “visiones” aparece el cuerpo del patriarca ─otro cronotopo─, “más viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua” tirado en el suelo, boca abajo, como si hubiera muerto durante el sueño, carcomido por los gallinazos. El pueblo nunca lo ha visto, no podría reconocerlo, y tampoco tenía certeza del momento de su muerte, toda vez que en los últimos años ya se había visto una vaca en el balcón presidencial, sin embargo, solo sospecharon de la muerte del patriarca cuando avistaron los primeros gallinazos en el amanecer del último viernes. El cuerpo aparece retoñado de líquenes minúsculos y animales parasitarios de fondo de mar, sobre todo en las axilas y en las ingles (como si hubiera muerto antes, cuando todavía había mar). En este punto se opera una nueva analepsis: se afirma que esta es la segunda vez que encuentran muerto al patriarca: “En el principio de su otoño, cuando la nación todavía estaba viva”, ya habría muerto. Entonces se había celebrado la caída, pero quien había sido envenenado había sido un doble: Patricio Aragonés. Se narran los sucesos de la muerte del doble y de lo que sucedió después, las medidas que tomó el patriarca al ver quiénes y cómo celebraron su muerte, cómo se endureció aún más, amparado en la ilusión de la resurrección, refugiándose en la compañía de su madre y de los decrépitos exdictadores a los que daba asilo.

El recuerdo de que el patriarca ya había muerto una vez, el percatarse de que no hay manera de reconocerle, pues nunca ha sido visto por el pueblo, hace que se desconfíe de que la muerte sea real. El patriarca senil e incontinente, el patriarca con líquenes, carcomido por los gallinazos recuerda también el viernes de octubre en que llegaron los españoles a estas tierras y pudo ver desde su ventana el acorazado y detrás de él, las tres carabelas.  El patriarca es eterno, es múltiple, el tiempo no pasa en esta tierra, siempre vuelve lo mismo y solo el pueblo, el pueblo despierto, podría cambiar eso.

Bibliografía

Bajtin, M. (1989) Las formas del tiempo y el cronotopo en la novela. En Bajtin, M. Teoría y estética de la novela. Taurus.

Genett, G. (1989) Figuras III. Lumen.

Martínez, M. (2016) Tiempo y espacio, voces y perspectivas, en El otoño del patriarca, Signos literarios 12 (24) pp. 8-29.

Rama, Á. (1982) La novela latinoamericana (1920-1980). Procultura/ Instituto Colombiano de Cultura.

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