El arpa y la sombra (1979) es la última novela de Alejo Carpentier y es, sin duda, una de las obras cumbre de la Nueva novela histórica latinoamericana (Flores Bonilla. 2021: 47) . Es una obra corta, de poco más de doscientas páginas, cuyo personaje central es Cristóbal Colón. La obra se divide en tres partes. La primera de ellas, titulada El arpa, aborda las razones que tuvo el Papa Pío IX para solicitar la beatificación de Colón. La segunda parte, La mano, recoge los pensamientos y los recuerdos de un Cristóbal Colón moribundo, que prepara su última confesión. La tercera parte, La sombra, trata sobre los motivos por los cuales finalmente no sería canonizado.
En esta obra sobresale la gran erudición de Carpentier, quien da muestras de tener un amplio conocimiento sobre Colón y sobre la conquista americana, y de haber realizado un exhaustivo examen de las fuentes documentales, de los diarios de Colón, de sus cartas y de los testimonios de quienes lo conocieron. Todo ello se hace patente en la construcción del personaje de Colón, a quien vemos monologar en la segunda parte de la novela.
Sin embargo, no cabe duda de que el Colón de Carpentier es un personaje de ficción, que quizás comparta más rasgos con el novelista que con el histórico navegante, tal y como lo señala Aparicio (2021). En la novela, Colón aparece como un erudito, versado en la filosofía medieval, conocedor de los textos de San Agustín o del nominalismo de Guillermo de Ockham, aunque es bien sabido que el Almirante era autodidacta y curioso, pero no docto.
Con todo, la ficcionalización del personaje de Colón, así como el recurso a los documentos de la época, permiten dar razón de una realidad que escapa a la historiografía oficial y al simple análisis documental: que uno de los rasgos predominantes de la Conquista radica en la imposibilidad de los conquistadores para nombrar lo que vieron al llegar y para comprender el nuevo mundo que encontraron. Esto pudo permitir la presencia de desmanes y abusos por parte de los conquistadores, hechos que comenzaron a denunciarse de manera renovada por los intelectuales latinoamericanos, justo por la época en la que Carpentier escribe esta obra.
En la carta a Luis de Santángel, Colón narra lo que halló en su primer viaje: Islas pobladas por gente desnuda, sin villas ni ciudades, con puertos en la costa del mar y ríos grandes y buenos, tierras fértiles, altas, con sierras y montañas altísimas, mucho más que las de Tenerife, con árboles “de mil maneras”, que jamás pierden las hojas, ni aún en noviembre y que continúan floridos y con frutos, como si siempre fuese mayo. Árboles en los que cantan pajaricos “de mil maneras”, y hay palmas “de seis u ocho maneras”, diferentes a las de África, y minas de metales y frutas muy diversas. En las relaciones de lo hallado es evidente la limitación del propio lenguaje para describir lo que se tiene ante los ojos: de mil maneras, de seis u ocho maneras, muy diverso, altísimo, no parecen términos adecuados para decir la exuberancia americana. Tampoco se entiende que los hombres desnudos no cuenten con más armas que unas cañas, ni que sean amables y generosos, ni que hayan llegado a creer que los conquistadores venían del cielo.
Carpentier ahonda en esta sensación que deja esta carta de Colón: habla de la perplejidad de quién tiene que nombrar cosas totalmente distintas de todas las conocidas, cosas que deben tener nombres, puesto que nada que no tenga nombre puede ser imaginado, si bien los nombres de todo aquello le eran ignorados. Y, pese a que Colón había sido nombrado Almirante, Virrey -gobernador y tantas otras cosas en las Capitulaciones de Santa Fe, no era, con todo un nuevo Adán, facultado por su creador para dar nombres a las cosas. El Colón de Carpentier echa en falta la habilidad poética o retórica: Tal vez si hubiera sido diestro en el uso de metáforas y símiles, hubiera podido describir las gratas rarezas que encontró en un principio y hubiera podido evadir la urgencia por encontrar lo que sabía esperaban quienes habían financiado su excursión. En el Nuevo Mundo no había especias, ni oro, ni seres monstruosos. Este lugar no era Cipango (Arciniegas, 2021), no estaba el Gran Khan para justificar la violencia: solo había “reyes en cueros”. No había allí nada útil, como para saldar las deudas adquiridas.
El Colón de Carpentier dista mucho del Colón de la historiografía, sin duda y, tal vez en eso radica su acierto. El plantear a un conquistador que se avergüenza, por ejemplo, de haberse ufanado ante los reyes de la desigualdad de los trueques entre el oro de los indios y las baratijas que él llevaba, de su obsesión por las riquezas, o que se arrepiente de haber mentido y exagerado, el crear un personaje a quién le faltaron las palabras para narrar lo que veía, nos permite entender, lejos de idealizaciones y de celebraciones, que nuestra historia no es otra cosa que el resultado de las acciones de hombres limitados, falibles, a veces ignorantes y ambiciosos: hombres en toda regla, como cualquiera de nosotros. Ese es el gran aporte de la Nueva novela histórica latinoamericana: que nos permite descifrar nuestra historia en clave humana para aprender de ella y para evitar que se repita.
Bibliografía.
Aparicio, Y. (2021). Colón en Carpentier y Carpentier en Colón: El arpa y la sombra. Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, 9(1), 1077–1087
Arciniegas, G. (2001). Cuando América completó la tierra. Villegas editores.
Flores Bonilla, K. E. (2021). El arpa y la sombra en el marco de la “nueva novela histórica” de América Latina. Anuario de Letras Modernas, 24(1), 44–60.

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